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| Entrada al atrio de la basílica de Zapopan |
Recuerdo un día ver a un payaso setentón de algún camión urbano del centro de Guadalajara, y no poder quitarle la mirada de encima. Observar sus movimientos tristes y patéticos. Su cara era aún más triste que el embarrado maquillaje que llevaba. Su mueca de tristeza no podía ocultarse. Yo sólo lo podía verlo y pensar: ¿necesitará dinero para sus medicinas o algo más básico?¿eso o nada más quiere dinero para comprar chupe y olvidar este puto mundo?¿tendrá mujer, será que ella está postrada en cama esperándolo para que le lleve un poco de vida?¿y sus hijos?¿donde están? Estas historias siniestras son una parte de mí que no logro entender ni desenmarañar.
Es que me interesa de manera tan morbosa y obsesiva la vida de esta gente que de algún modo siento que me alimentan o que me dan algo, algo adictivo. Sé que los necesito para vivir ¿o morir? no sé, pero los necesito. Aunque cuando los veo me invade la duda y tristeza, pienso en las particulares causas de su condición y sensaciones pesadas invaden mi cuerpo. Empiezo construir un sin número de causas de su condición. Es como si necesitara saber sobre ellos desesperadamente, como si en ese momento sólo importara su condición jódida y la manera en la que llegaron a ella. Y después tratar de buscar en todas esas causas fantasiosas la razón de seguir en esta vida ¿les importará? o su apatía por la vida es tanta que no les importa seguir acá o irse. ¿Será la mía?
Apátridas de la misma vida. Cuando los veo me tiemblan los ojos y me lleno de este sentimiento entre morbo y melancolía. En verdad siento como si me golpeara un látigo y mil toneladas de locura cayeran sobre mi alma vacía. Aún así, no puedo evitar verlos. Retratarlos con la cámara. Tratar de dejar permanentemente en mi memoria su imagen. Como si quisiera más que compartir con ellos ese estado de abandono, sentirme igual de jódido que ellos. Como sí dentro mío, bajo estas capas de piel y huesos viviera un jódido, un decrépito sin esperanza y con ganas de nada ¿Es que así me siento o, como dicen algunos, la sensibilidad que mi madre me heredo es la causa de tal dolorosa sensación? Muchas veces tengo que regresar a esas fotografías, a recordar esos momentos de cuando los vi. Como si mi hambre de tristeza se alimentara de ellos. Como si ellos, lisiados físicamente, entendieran a un tipo como yo, lisiados del alma.
Porque a veces siento como si ninguna fuerza en el mundo pudiera devolverme algo que ni siquiera yo sé que perdí. Tal vez estoy tan perdido como ellos. Y es que me pongo a pensar y me es imposible sentirme mejor y sólo observándolos puedo llenar un vacío de no sé qué cosa. ¿Compartir su tristeza? Más bien compartir la mía...
J.P.C.B.

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